Hace unos días, mientras conversábamos con un autor sobre el borrador de su cuarto libro, volví a sentir la fuerza que tienen las historias. Las reales, esas vividas en carne propia. Las que nos marcan, nos transforman y también pueden transformar a otras personas.
Este autor —porque ya no puedo llamarlo solo ‘cliente’— trabaja conmigo desde hace varios años. Escribió su primer libro con mi guía, desde una voz profesional, vinculada a su campo académico. Tenía alrededor de 60 años cuando lo publicó. Y entonces, la vida, con esa mezcla de imprevisibilidad y sabiduría, lo puso frente a un desafío mayor: un infarto. Fue en 2021, en un período en el que todavía se vivían las secuelas de la pandemia.
Dos escenarios que invitan, sin permiso, a la pausa y a la revisión. Al “solo por hoy”.
Pero él eligió algo más que recuperarse. Eligió vivir distinto. Se propuso salir fortalecido. En lo físico, sí, pero también en lo espiritual, en lo emocional, en lo humano. Se acercó a diferentes disciplinas —corrió, nadó, escaló— y se entrenó con el propósito claro de fortalecerse en todos los planos. En 2023 comenzó a correr carreras, y ya ha llevado sus pasos a competencias en varios países.
A solo cinco años de aquel episodio que pudo haber sido el cierre de una historia, hoy está escribiendo un nuevo capítulo.
Y este cuarto libro, en el que también tengo el privilegio de colaborar, ya no habla de su especialidad profesional; habla del running. Pero en el fondo, habla de mucho más: de resiliencia, de sentido, de cambio, de comunidad. De cómo compartir lo que vivimos puede ser una forma de seguir vivos y de ayudar a otros a seguir también.
Escribir un libro no siempre es un proyecto literario. A veces es un acto de generosidad, un testimonio, un legado…
Un faro encendido para alguien que, quizás hoy, está empezando de nuevo.
Porque, solo por hoy, alguien necesita leer que sí es posible.