El crecimiento es doloroso. El cambio es doloroso. Pero nada es tan doloroso como quedarse estancado en un lugar al que no pertenecés.
— Narayana Murthy
Muchas veces el dolor del cambio se disfraza de resistencia. Lo sentimos como una incomodidad difusa, una especie de susurro interno que dice “esto ya no es para vos”, pero que acallamos con rutinas, excusas o la aparente seguridad de lo conocido.
Y es que cambiar incomoda: crecer implica soltar versiones viejas de quienes fuimos, de lo que creíamos necesitar o incluso de lo que los demás esperaban de nosotros. Pero, ¿qué pasa cuando no cambiamos? ¿Qué precio tiene quedarnos en un lugar —físico, emocional, profesional— que ya no nos representa?
Ese estancamiento también duele. Solo que es un dolor más silencioso, que se instala de a poco y se convierte en insatisfacción crónica. Es como una historia que nunca llega a escribirse.
Las decisiones postergadas se transforman en capítulos en blanco. Las palabras no dichas se acumulan. Y, sin darnos cuenta, empezamos a vivir en un borrador permanente.
Cambiar duele, sí. Pero también alivia. Escribir nuestra historia nos ayuda a entender de dónde venimos, hacia dónde vamos y, sobre todo, quiénes ya no queremos seguir siendo.
¿Sentís que ya no pertenecés al lugar en el que estás? Quizás sea hora de escribir un nuevo capítulo.